Era sábado, y me desperté en una habitación
que no era la mía, y que ya dejaba de parecerme tan perfecta. La ventana
pequeñísima ventana no cerraba bien, la puerta que daba directamente al patio
interior, no encajaba del todo, y el colchón tenía una incómoda forma de
cuenco, y tras la primera noche ya me dolía la espalda. Achaqué todo a los
nervios de la llegada.
L vino a buscarme a casa, y con
algo más de lucidez que la tarde anterior al bajar del avión, dimos juntas mi
primer paseo por Santiago. Cerca de mi casa había una gran avenida en la que
podría encontrar todo lo que quisiera, y con gran avenida quiero decir que a
buen paso podías tardar una hora en recorrerla.
Los edificios eran
increíblemente bajos, demasiado bajos para ser una capital, pensé yo. Los
perros abandonados superaban casi en número a la gente que paseaba por la
calle, y algunos descansaban tumbados a sus anchas en cualquier lugar, como si
la ciudad fuera suya, pero respetaban al máximo los semáforos. El aire era
pesado, y lo sigue siendo; todavía me cuesta acostumbrarme al salir de casa y
respirar tanto humo. Las calles eran increíblemente sucias, como un kebab
gigante. En los tres meses que llevo aquí todavía no he visto un solo camión de
estos que cada día a las 8 de la mañana pasaba por debajo de la ventana de mi
habitación en Pamplona. Quizás es por eso que todos los edificios son grises, y
el suelo es como el de los garajes, que no lo tocarías ni por un puñado de
dólares.
La dueña de la casa me había
prestado un teléfono móvil para mi estancia, pero como era de esperar, no tenía
nada de saldo. Ella me dijo “ponle minutos en una farmacia” tardé como unos
diez minutos en descifrar el mensaje; no sé si se me antojó más extraño eso de
“ponle minutos” o el hecho de que para recargarlo había que ir a una farmacia.
Visité por primera vez una farmacia chilena, que se corresponde más con los
pasillos de higiene de un supermercado, y puedes encontrar de todo. La broma de
“cualquier cosa que busques la encontrarás en una farmacia” duró entre G y yo
mucho tiempo. Hasta el punto era esto, que un día que a S no le apetecía salir
de casa, nos pidió al Pelícano y a mí que de la que llegábamos a su casa, le
comprásemos tabaco; como el supermercado estaba cerrado, hicimos la siguiente
deducción: “si en España el móvil se carga en un estanco, y en Chile se hace en
una farmacia, ante la ausencia de estancos, podrás comprar tabaco en una
farmacia”. Así pensado en frío, suena completamente incongruente, pero en su
momento nos pareció lógico (dentro de la lógica reinante en Chile, que es
bastante... curiosa).
Chile funciona así, pueden ser
las 9 de la noche y tener los bares cerrados, también el Burger King, Mc
Donnals, etc pero las farmacias nunca duermen. Entre eso y la gran variedad de
farmacias que puedes encontrarte, a veces pienso que la economía chilena se
sustenta en ellas. Prometo fotos, para que veáis que no exagero.
Aquel día L y yo nos permitimos
comer fuera de casa, y probamos por primera vez el pisco sour, combinado
típico, cuya invención se disputa entre Chile y Perú (esa continua
confrontación). Se trata e un combinado a base de pisco, bebida de 35º
proveniente de la uva, Sprite, y según las malas lenguas, algo de clara de
huevo para engordar la mezcla. Dimos un largo paseo para bajar la comilona, y
la oscuridad pronto se apoderó de la ciudad, el segundo invierno de 2012 había
llegado para mí.
El jet lag pronto hizo aparición
en mi día, y me permití retirarme pronto a casa. Por su culpa estuve una semana
despertándome a las 6 de la mañana.
*Tranquilos, todavía no he
presentado a S ni al Pelícano, cada cosa a su tiempo.
** Me voy a permitir el lujo de que el Pelícano sea
el único personaje con nombre, que para algo es mi blog, oye.