domingo, 28 de octubre de 2012

Mi reino por un kebab II



Hace una semana escribía que no había ningún kebab decente en Santiago. Pues bueno, todavía hay esperanza. El pasado viernes, mientras esperaba a J, chileno que conocimos de carrete y que me ayudó a conseguir la casa en la que vivo ahora, en el metro Manuel Montt, el cielo se me abrió, pues ante mis ojos ahí estaba, algo sucio, con dos enormes trozos de carne grasienta clavada en un palo dando vueltas sobre sí misma, y un cartel que rezaba "döner kebab". No pude hacer otra cosa que escribir en el momento un mensaje al Pelícano*, había encontrado la felicidad en forma de kebab. El paraíso existía, y era moro.
          He de decir que no disfrute de dicho manjar en ese momento, pero es una cita pendiente que tengo con el Pelícano. Pero aseguro escribir sobre los resultados obtenidos. Eso sí, antes hablo y antes aparece... He de apuntar también que estoy muy indignada porque en las calles de Santiago no he visto todavía a Johnny Depp cargando una mochila llena de tabletas de milka**.
          Nada más que decir que ¡Viva el durum!

*Paciencia, todavía no ha llegado el momento de su presentación. Y no, no es el Pelícano por la papada.
**A mí no me miréis, si cuela, cuela. Aunque en realidad me conformo con el chocolate.

Ocio chileno: Los cafés con piernas



Un día en que las chicas y yo nos disponíamos a buscar un sitio donde tomar un café (o pseudo café, porque lo que se toma aquí en Santiago no se puede llamar de otra manera), tras muchas vueltas encontramos un lugar que parecía decente, por lo que decidimos entrar. G entró la primera, y se quedó paralizada nada más cruzar la puerta, pidió perdón y lo justo dijo "nos hemos equivocado" antes de cerrar la puerta. Nos habíamos topado con un café con piernas. A lo largo de nuestra expedición en busca de una cafetería, nos dimos cuenta de que en el centro hay más cafés con piernas que cafeterías convencionales. Cuando A* vino de visita, ante la anécdota, miró a través de las cristaleras de uno para terminar afirmando "sí que tiene piernas, si"**.

          Como es de suponer, un café con piernas es un lugar en que las camareras llevan muy poca ropa a la hora de servir el café; la barra es hueca por la parte de abajo, de manera que no tengas problema para disfrutar de las vistas. Podemos hablar de dos tipos de café con piernas (dentro de los cuales los habrá de mayor y menor prestigio) por un lado tenemos unos que por fuera tienen apariencia de cafetería normal, con unas grandes cristaleras transparentes y muy bien iluminados, por lo que no se hace extraña nuestra confusión; y luego tenemos un tipo menos discreto, con los cristales tintados, y reggaeton a todo volumen que sale cada vez que se abre la puerta, pero lo más curioso es que sus carteles luminosos indican "café" (en mi calle hay tres de este tipo, y aseguro que están abiertos en uno horario como de 10 a 20 horas).

          Como nos contó más adelante C, el dueño de casa de las chicas, es común tomar decisiones de negocios en este tipo de establecimientos, ya que se considera que existe una mayor confianza al compartir con el cliente una "debilidad". Como todos supondréis, y creo que no hará falta aclarar, en estos sitios se ofrece algo más que café (aclaro, por si acaso). Lo que más me llamó la atención era que estuvieran tan a pie de calle, en áreas de oficinas, y con el mismo horario que estas.
          Pasa un día más en la gran Santiago, y esto no deja de sorprenderme.

*No sé si para referirme a la gente de Pamplona tengo que seguir utilizando la nomenclatura de las iniciales.
**Sé que en cuanto el interesado lea esto, rodarán cabezas (la mía para ser exactos).

miércoles, 24 de octubre de 2012

Mi reino por un kebab



El día que conocí a M, S y P, había quedado con G para comer, y nos juntamos todas. Ellas acababan de llegar a Santiago. M solo a pasar unos días, ya que es estudiante de intercambio francesa, pero estudia en la universidad de Valparaíso, pero S y P, italiana (y de las de verdad, qué carácter) y francesa (dulce como una cucharadita de manjar)* respectivamente, se quedarían en Santiago también por cinco meses, y a día de hoy comparten piso con G; pero ya hablaremos en otro momento de ese piso.

          Aquel día estuvimos por Paseo Huérfanos buscando algún sitio para comer, y encontramos algo parecido a un kebab. La verdad, muy limpio y luminoso me pareció para ser uno, pero oye, quién sabe, igual en Santiago (aparte de las cervezas de un litro) tenían la mejor gastronomía de comida rápida en perfecta armonía con la higiene. Pero como podéis suponer por el título, no fue así. Tras la barra no nos aguardaba un moro con esa sonrisa extraña cuando te dicen "la naranjada es gratis" y desde entonces nadie da un sorbo; pero lo mas intrigante de todo fue que, señores, la carne del kebab, era de verdad. Eran verdaderos trozos de pollo o de ternera, no lucía en el escaparate esa masa de carne de rata dando vueltas en un palo. La verdad, una desilusión.

          Unas semanas más tarde, o quizás fuera un mes, decidí arriesgar de nuevo, y esta vez el Pelícano (no, no os lo voy a presentar todavía) y yo, tras una cerveza en Bellavista, nos arriesgamos a entrar en otro kebab, que parecía algo más sucio. Yo mantenía la esperanza de encontrar ese manjar de dioses.Pero todos mis sueños fueron frustrados. De nuevo, carne de verdad.

          A día de hoy sigo buscando un sucio kebab, pero ya casi he perdido la esperanza.

* Me permito semejante moñería porque la verdad, ¡hay que verla!
** Tranquilos, sobre todo mi hermana, hay mucha comida basura por aquí que más quisiéramos en Pamplona. No estoy perdiendo la curva de la felicidad.

Imposible que sea el mismo idioma

Llevaría ya unos cuatro días en Santiago cuando L y yo decidimos ir a tomar algo con G y Sa, os la presento, una estudiante de intercambio alemana, realmente dulce. Después de un rato paseando buscando dónde tomar una cerveza, fuimos a Bellavista. Allí, a pesar de ser invierno, nos sentamos en la terraza. El camarero se acercó a nosotras, y nos preguntó qué queríamos. Hasta ahí todo bien. El problema llegó cuando nos recitó de carrerilla la carta de cervezas. Las cuatro nos miramos sin entender nada. Como L ya llevaba más tiempo, consiguió descifrar el nombre de una cerveza, y esa acabamos por pedir; cuatro cervezas. En ese momento a L se le iluminó la bombilla, y cambió la demanda a dos cervezas. Yo me quedé extrañada, pero la verdad, estaba demasiado cansada como para pensar, yo solo quería una cerveza. Pero menos mal que lo hizo, pues las cervezas son de un litro. En ese momento sentí que no había mejor lugar en el mundo que Chile. 

No obstante, el momento de mayor terror (pues en esto de los primeros días en Chile el terror era un sentimiento bastante común; sentías terror la primera vez que se te quedaba el ordenador sin batería y descubrías que necesitabas un adaptador, lo sentías cuando descubrías que no todos los pasos de cebra tienen semáforo, sino que tienes que fijarte en los de los cruces cercanos, cuando te habla la dependienta de un supermercado, etc) fue nada más pedir. Cuando el camarero, a una velocidad de vértigo y sin apenas vocalizar (porque creedme, ni yo que me he criado con un hermano con el que se necesitan subtítulos, era capaz de entender nada) dijo algo así como: "dos chelas, cancelan al tiro, por favor." En ese momento dos pensamientos aparecieron en mi cabeza: "¿En qué mierda de idioma nos está hablando este tipo?" y "¿Esto va a ser así por estos cinco meses?" G y Sa nos miraban como diciendo "Es vuestro idioma, vosotras sabréis qué han dicho" yo no sabía si reír o llorar, pero por suerte L conocía algo más de la jerga chilena, y nos sacó del apuro.

Porque bueno, así son los chilenos. Agarraron el español, y no conformes, decidieron cambiar el máximo de palabras posibles. Así chela es cerveza, al tiro: al momento, cancelar: pagar, palta: aguacate, choclo: maíz, pololo: novio, cuico: pijo, cachar: entender, peludo: turbio, guata: tripa, bacán y cuático: guay, frutilla: fresa... La verdad, un escalofrío lingüístico para cualquiera que se tercie. 

martes, 23 de octubre de 2012

Primeros pasos


Era sábado, y me desperté en una habitación que no era la mía, y que ya dejaba de parecerme tan perfecta. La ventana pequeñísima ventana no cerraba bien, la puerta que daba directamente al patio interior, no encajaba del todo, y el colchón tenía una incómoda forma de cuenco, y tras la primera noche ya me dolía la espalda. Achaqué todo a los nervios de la llegada.

L vino a buscarme a casa, y con algo más de lucidez que la tarde anterior al bajar del avión, dimos juntas mi primer paseo por Santiago. Cerca de mi casa había una gran avenida en la que podría encontrar todo lo que quisiera, y con gran avenida quiero decir que a buen paso podías tardar una hora en recorrerla.

Los edificios eran increíblemente bajos, demasiado bajos para ser una capital, pensé yo. Los perros abandonados superaban casi en número a la gente que paseaba por la calle, y algunos descansaban tumbados a sus anchas en cualquier lugar, como si la ciudad fuera suya, pero respetaban al máximo los semáforos. El aire era pesado, y lo sigue siendo; todavía me cuesta acostumbrarme al salir de casa y respirar tanto humo. Las calles eran increíblemente sucias, como un kebab gigante. En los tres meses que llevo aquí todavía no he visto un solo camión de estos que cada día a las 8 de la mañana pasaba por debajo de la ventana de mi habitación en Pamplona. Quizás es por eso que todos los edificios son grises, y el suelo es como el de los garajes, que no lo tocarías ni por un puñado de dólares.

La dueña de la casa me había prestado un teléfono móvil para mi estancia, pero como era de esperar, no tenía nada de saldo. Ella me dijo “ponle minutos en una farmacia” tardé como unos diez minutos en descifrar el mensaje; no sé si se me antojó más extraño eso de “ponle minutos” o el hecho de que para recargarlo había que ir a una farmacia. Visité por primera vez una farmacia chilena, que se corresponde más con los pasillos de higiene de un supermercado, y puedes encontrar de todo. La broma de “cualquier cosa que busques la encontrarás en una farmacia” duró entre G y yo mucho tiempo. Hasta el punto era esto, que un día que a S no le apetecía salir de casa, nos pidió al Pelícano y a mí que de la que llegábamos a su casa, le comprásemos tabaco; como el supermercado estaba cerrado, hicimos la siguiente deducción: “si en España el móvil se carga en un estanco, y en Chile se hace en una farmacia, ante la ausencia de estancos, podrás comprar tabaco en una farmacia”. Así pensado en frío, suena completamente incongruente, pero en su momento nos pareció lógico (dentro de la lógica reinante en Chile, que es bastante... curiosa).

Chile funciona así, pueden ser las 9 de la noche y tener los bares cerrados, también el Burger King, Mc Donnals, etc pero las farmacias nunca duermen. Entre eso y la gran variedad de farmacias que puedes encontrarte, a veces pienso que la economía chilena se sustenta en ellas. Prometo fotos, para que veáis que no exagero.

Aquel día L y yo nos permitimos comer fuera de casa, y probamos por primera vez el pisco sour, combinado típico, cuya invención se disputa entre Chile y Perú (esa continua confrontación). Se trata e un combinado a base de pisco, bebida de 35º proveniente de la uva, Sprite, y según las malas lenguas, algo de clara de huevo para engordar la mezcla. Dimos un largo paseo para bajar la comilona, y la oscuridad pronto se apoderó de la ciudad, el segundo invierno de 2012 había llegado para mí.

El jet lag pronto hizo aparición en mi día, y me permití retirarme pronto a casa. Por su culpa estuve una semana despertándome a las 6 de la mañana.

*Tranquilos, todavía no he presentado a S ni al Pelícano, cada cosa a su tiempo.
            ** Me voy a permitir el lujo de que el Pelícano sea el único personaje con nombre, que para algo es mi blog, oye.

lunes, 22 de octubre de 2012

Aterrizando

Aterrizando, o si mi querida RAE me permite inventarme una palabra, aterrazando. Pues Así llegué a Santiago, aterrada. Después de no sé yo cuántas horas de viaje. Entre el  eterno autobús Pamplona - Madrid (con paradica en Soria), la espera en la T1, y la escala en Buenos Aires, el aterrizaje en Santiago fue más que tortuoso. Había pasado las últimas horas del vuelo sin poder dar bocado. Cierto es que la comida del avión es lo menos apetecible que puedes encontrarte, pero de ahí a no ser capaz de comer nada. Tenía un nudo en la garganta, y una única idea me rondaba la cabeza las horas en que no conseguía conciliar el sueño: quién me mandaba a mí salir de Pamplona, con lo agusto que estaba yo allí, y lo fácil que era todo (esta idea me rebota todavía a veces por la cabeza; quién me mandaría a mí...). Realmente no me mandaba nadie, había sido MI decisión, pero imposible de llevar a cabo de no ser por la cabezona de mi hermana, que no me dejó olvidarme de ello, por si acaso (en realidad quería quedarse la habitación para ella sola, y en cuanto me fui se puso a pintarla. A día de hoy no sé cómo es la habitación en que dormiré dentro de un par de meses).
Por suerte, en el vuelo de apenas dos horas entre Buenos Aires y Santiago, conocí a una chica, E, de la que no he vuelto a saber desde entonces. Pero lo importante no es eso, sino que ella me presentó a G, una chica italiana con la que, entonces yo no lo sabía, pasaría la mayor parte de mi viaje. Las tres hicimos todo el papeleo para entrar en el país, y como no podía ser menos, salimos las últimas. G y yo intercambiamos mails; es lo que tiene llegar a un país desconocido, socializas mucho antes. En el aeropuerto me esperaba L, una chica de Pamplona que estaba pasando aquí, en Santiago, el verano, con un proyecto de payasas de hospital. Hasta aquel día no la conocía, pero a lo largo de las horas, nos dimos cuenta de que teníamos en común más de lo que podíamos imaginar. Me agarré a ella como un clavo ardiendo (típica frase de mi madre) e hice bien; horas y horas hablando que no me dejaban pensar en lo que había dejado en Pamplona, y que miraban hacia los cinco meses que me quedaban por disfrutar de Chile. Ahora ella está de nuevo en casa, pero sin su ayuda, conociendo mi falta de orientación y de iniciativa para salir de la cama, no hubiera sabido desenvolverme nunca por una ciudad tan grande.
De malas maneras, entre autobuses, metro, una maleta, una mochila enorme y calles interminables, llegamos a mi residencia. En un primer momento me pareció el lugar perfecto. Ahora... nada más que decir que ya no vivo allí.

Aterrizaje forzoso, el viaje continúa.

1.

Que sí, que manda narices que haya tardado tres meses en decidirme a hacer un blog en que contar las aventuras de mi estadía en Santiago de Chile. pero ha llegado un momento en que las anécdotas estúpidas se amontonaban, y ya no sabía dónde hacerles hueco. Así que bueno, espero poder rememorar lo acontecido a lo largo de estos tres últimos meses e irlo posteando, a la vez que relato los hechos más actuales.
Pues eso, queridos, el avión ha aterrizado, bienvenidos a Chile.

P.D.: Poco a poco iré modificando el aspecto del blog, y arreglaré un poco el perfil, que tan acostumbrada a trabajar con .wordpress esto se me hace un poco complicado.