miércoles, 24 de octubre de 2012

Mi reino por un kebab



El día que conocí a M, S y P, había quedado con G para comer, y nos juntamos todas. Ellas acababan de llegar a Santiago. M solo a pasar unos días, ya que es estudiante de intercambio francesa, pero estudia en la universidad de Valparaíso, pero S y P, italiana (y de las de verdad, qué carácter) y francesa (dulce como una cucharadita de manjar)* respectivamente, se quedarían en Santiago también por cinco meses, y a día de hoy comparten piso con G; pero ya hablaremos en otro momento de ese piso.

          Aquel día estuvimos por Paseo Huérfanos buscando algún sitio para comer, y encontramos algo parecido a un kebab. La verdad, muy limpio y luminoso me pareció para ser uno, pero oye, quién sabe, igual en Santiago (aparte de las cervezas de un litro) tenían la mejor gastronomía de comida rápida en perfecta armonía con la higiene. Pero como podéis suponer por el título, no fue así. Tras la barra no nos aguardaba un moro con esa sonrisa extraña cuando te dicen "la naranjada es gratis" y desde entonces nadie da un sorbo; pero lo mas intrigante de todo fue que, señores, la carne del kebab, era de verdad. Eran verdaderos trozos de pollo o de ternera, no lucía en el escaparate esa masa de carne de rata dando vueltas en un palo. La verdad, una desilusión.

          Unas semanas más tarde, o quizás fuera un mes, decidí arriesgar de nuevo, y esta vez el Pelícano (no, no os lo voy a presentar todavía) y yo, tras una cerveza en Bellavista, nos arriesgamos a entrar en otro kebab, que parecía algo más sucio. Yo mantenía la esperanza de encontrar ese manjar de dioses.Pero todos mis sueños fueron frustrados. De nuevo, carne de verdad.

          A día de hoy sigo buscando un sucio kebab, pero ya casi he perdido la esperanza.

* Me permito semejante moñería porque la verdad, ¡hay que verla!
** Tranquilos, sobre todo mi hermana, hay mucha comida basura por aquí que más quisiéramos en Pamplona. No estoy perdiendo la curva de la felicidad.

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