lunes, 22 de octubre de 2012

Aterrizando

Aterrizando, o si mi querida RAE me permite inventarme una palabra, aterrazando. Pues Así llegué a Santiago, aterrada. Después de no sé yo cuántas horas de viaje. Entre el  eterno autobús Pamplona - Madrid (con paradica en Soria), la espera en la T1, y la escala en Buenos Aires, el aterrizaje en Santiago fue más que tortuoso. Había pasado las últimas horas del vuelo sin poder dar bocado. Cierto es que la comida del avión es lo menos apetecible que puedes encontrarte, pero de ahí a no ser capaz de comer nada. Tenía un nudo en la garganta, y una única idea me rondaba la cabeza las horas en que no conseguía conciliar el sueño: quién me mandaba a mí salir de Pamplona, con lo agusto que estaba yo allí, y lo fácil que era todo (esta idea me rebota todavía a veces por la cabeza; quién me mandaría a mí...). Realmente no me mandaba nadie, había sido MI decisión, pero imposible de llevar a cabo de no ser por la cabezona de mi hermana, que no me dejó olvidarme de ello, por si acaso (en realidad quería quedarse la habitación para ella sola, y en cuanto me fui se puso a pintarla. A día de hoy no sé cómo es la habitación en que dormiré dentro de un par de meses).
Por suerte, en el vuelo de apenas dos horas entre Buenos Aires y Santiago, conocí a una chica, E, de la que no he vuelto a saber desde entonces. Pero lo importante no es eso, sino que ella me presentó a G, una chica italiana con la que, entonces yo no lo sabía, pasaría la mayor parte de mi viaje. Las tres hicimos todo el papeleo para entrar en el país, y como no podía ser menos, salimos las últimas. G y yo intercambiamos mails; es lo que tiene llegar a un país desconocido, socializas mucho antes. En el aeropuerto me esperaba L, una chica de Pamplona que estaba pasando aquí, en Santiago, el verano, con un proyecto de payasas de hospital. Hasta aquel día no la conocía, pero a lo largo de las horas, nos dimos cuenta de que teníamos en común más de lo que podíamos imaginar. Me agarré a ella como un clavo ardiendo (típica frase de mi madre) e hice bien; horas y horas hablando que no me dejaban pensar en lo que había dejado en Pamplona, y que miraban hacia los cinco meses que me quedaban por disfrutar de Chile. Ahora ella está de nuevo en casa, pero sin su ayuda, conociendo mi falta de orientación y de iniciativa para salir de la cama, no hubiera sabido desenvolverme nunca por una ciudad tan grande.
De malas maneras, entre autobuses, metro, una maleta, una mochila enorme y calles interminables, llegamos a mi residencia. En un primer momento me pareció el lugar perfecto. Ahora... nada más que decir que ya no vivo allí.

Aterrizaje forzoso, el viaje continúa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario